martes, 19 de noviembre de 2013

PERFECTOS POR NUESTRAS IMPERFECCIONES

    ¿Cuántas veces no valoramos lo que tenemos y lo que somos? ¿Cuántas veces nos equivocamos por miedo a equivocarnos? ¿Cuántas veces nos sentimos imperfectos y desaprovechamos todas las habilidades que tenemos? En el contexto en el que nos movamos habrá quien sea más fuerte, más competente que nosotros, o más débil, pero de todos podemos aprender mucho.
    Desde que nacemos, necesitamos la ayuda de los demás para ir adaptándonos a nuestro entorno. No es fácil y, de hecho, nos confundimos muchas veces. Aunque vayamos haciéndonos adultos, siempre queda mucho que aprender. Pienso que podría establecerse una analogía entre nuestra trayectoria y el aprendizaje de un idioma o el aprender a andar. ¿Cuándo podemos decir que dominamos el vocabulario de una lengua? ¿Cuánto nos ha costado pronunciar  correctamente determinadas palabras? ¿Cuántas caídas hemos tenido para aprender a andar? El niño, con sus ansias de aprender, es el mejor ejemplo de un aprendizaje continuo, de ir limando imperfecciones, de mejorar, de crecer.
    A lo largo de la vida tendremos muchos obstáculos que duelen, que nos hacen sentir frustración. Pero al conseguir lo que nos proponíamos, sentiremos que hemos mejorado. "Caer está permitido, pero levantarse es obligatorio" Este refrán ruso lo ilustra perfectamente. Aún con nuestros defectos, que poco a poco podrán ir corrigiéndose, podremos seguir creciendo como personas. La corrección de sí mismo es un gran aprendizaje.
    Lo que está claro es que el miedo a equivocarnos no puede paralizarnos. Muchas veces llegamos a equivocarnos por el pavor a no saber qué ocurrirá. Surgen dudas: ¿merece la pena? El “no” todos lo tenemos, pero ¿por qué no buscar un puede...o un sí...? La sabiduría popular lo ha plasmado en "No hay mal que por bien no venga", es decir, aun de situaciones aparentemente negativas podemos obtener algo provechoso.  
   ¿Por qué no convertirnos en los protagonistas de nuestra propia historia? ¿Por qué no intentar una vida interesante, plena? “Lo difícil se hace y lo imposible se intenta”. Lo dejo en tus manos.


LUZ EN LA OSCURIDAD

(con la colaboración de Daniel Campo y Mº del Pilar Yépez)

     Lo recordamos todas las primaveras. Con cada rosa que se abre; con cada girasol que florece; con cada lirio que brota… Cuando pensamos en ambientes de paz o buscamos en Google “imágenes de paz”, nos encontramos con ambientes o paisajes hermosos; porque en sí, el mundo es un lugar precioso. Por desgracia, está lleno de personas que dañan al otro constantemente. ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué se portan así? No lo sabemos.

     Los que hemos vivido en Pamplona, hemos pasado alguna vez por el Monumento de la Paz que se encuentra cerca del centro; concretamente, por la antigua estación de autobuses. Parece extraño que un monumento a la paz se encuentre entre el caos de tantos coches, autobuses urbanos, dos medias orejas, semáforos, muchos pasos peatonales, etc. ¿Puede la paz estar ahí en medio? ¿Puede hablarse de paz entre el caos? ¿Sirve como punto de referencia o recordatorio a todo el que pasa por ahí?

     Muchas veces no nos hemos parado a ver los Premios Nobel de la Paz; son ellos, precisamente, quienes han sembrado paz entre el caos, la desesperación, el desorden, la injusticia. Son quienes han mostrado al mundo entero cuánto importa la confianza en el otro, el orden, la dignidad del ser humano, el denunciar a quien comete el mal. Son como los semáforos o las líneas, que muestran a quien pase por ahí que puede existir un mundo distinto. Se ven pequeños, tal vez insignificantes; pero es ahí, desde el centro de ese caos, donde sueñan, donde miran hacia arriba, hacia aquello que parece inalcanzable.

     Sí, es algo que todos deberíamos hacer cada vez que pasamos por ahí. Mirar al cielo y salir un poco de nuestro abismo para leer los letreros que aparecen en distintos idiomas y que, al fin y al cabo, todos transmiten el mismo mensaje: “Paz”. Se trata de una especie de reclamo, que nos incita a mirar alto, hacia arriba, para poder ayudar a otros a mirar hacia el mismo fin.
    Sin embargo, también podemos encontrar paz en otras cosas; cosas que nosotros podemos realizar mediante las buenas acciones. Es verdad que las buenas acciones no siempre se hacen por razones muy puras. A veces, intentamos impresionar; a veces, actuamos por culpabilidad y otras veces, esperamos algo a cambio. Pero en ocasiones, una buena obra, sale directamente del corazón.

   La gente hace buenas obras por muchas razones, pero a veces, las buenas obras tienen malas consecuencias. Corregir el error de una colega, podría provocar rencor; abrir tu casa a un amigo, puede dañar esa amistad; intentar acercar a tu pareja, podría alejarla aún más. Por eso, hay una vieja expresión al ayudar a los demás: “No hay buena obra, que no tenga su castigo”.

    Sí, hay veces en las que todos necesitamos un poco de ayuda. Cuando nuestra generosidad se ve recompensada con crueldad; cuando nuestra conducta nos llena de remordimientos y cuando nuestro futuro se vuelve terriblemente incierto. Pero luego están aquellos a los que ya nadie puede ayudar, y que, tras de sí, no deja nada más, que destrucción. Sabemos qué aspecto tienen, sabemos cómo se visten y sabemos cómo se comportan. Sí, todos sabemos reconocer a quienes son malas personas; y cuando los vemos venir, hacemos todo lo que haya que hacer para protegernos de ellos. Algunos mienten para no perder lo que aman; otros dan patadas porque temen al futuro; y otros levantan muros por las oportunidades perdidas. Todos tienen razones para hacer las cosas feas que hacen, y sólo cuando averiguamos por qué, entonces podemos intentar detenerles y así tratar de modificar su conducta.

     Sin embargo, ¿qué pasa cuando no reconocemos a aquellas personas que son realmente malas? ¿Por qué hay monstruos en este vida capaces de hacer cosas tan horribles y despreciables como matar a personas inocentes? ¿Cómo pueden existir semejantes monstruos en el mundo? La respuesta es muy sencilla: los monstruos, son creados por otros monstruos.





lunes, 18 de noviembre de 2013

EL AMOR QUE TODOS NECESITAMOS

    ¿Qué seríamos sin esa gente que tanto nos quiere? Sí, me refiero a la familia y a los amigos de cada uno. El ser humano, desde la perspectiva antropológica, es un ser que ama y es amado.
    Todavía recuerdo la frase que un amigo me dijo hace unos años: “Da el triple de lo que quieras recibir”. En muchas situaciones, al tratar con otras personas, aunque aparentemente no se perciba, se recibe mucho de los demás.  Son gestos, pequeños detalles que se agradecen y ayudan a mantener e intensificar esa conexión con el resto de personas.  En el fondo se trata de interesarse por el otro y tratarlo con respeto: “trata como quieres que te traten a ti.”  
    Del “flujo” de gente que pasa por la vida de una persona, hay algunos que lo hacen de manera diferente, que se quedan a tu lado y te acompañan hasta en los peores momentos. Puedes confundirte, porque te corregirán; pierdes el miedo a opinar, porque te respetarán… ¡Qué bien nos sentimos cuando tenemos un ambiente cercano donde poder  hablar de diferentes temas sin miedo a qué nos responderán o a las consecuencias que pueda acarrear nuestro comentario! ¡Eso sí que es amor!
    El amor es donación: entregarte sin esperar nada a cambio, simplemente degustando la satisfacción de que ayudas, de que haces feliz a alguien. Y casi siempre existe reciprocidad: de un modo u otro revierte en quien ama. Incluso, y tal vez con más fuerza, en el caso de personas con dificultades. ¡Qué grato es experimentar la alegría y el agradecimiento que transmiten las personas con discapacidad si se les trata con amor y dedicación! Cuando estás con ellos te tienes que adaptar, dar todo de ti y pensar más en su felicidad que en la tuya; pero lo que recibes a cambio es siempre mucho más de lo que aportas: abrazos, sonrisas, agradecimiento. ¡Es una maravilla!

    En conclusión, transmitamos amor a quienes nos rodean, que antes o después necesitaremos ayuda y habrá quien esté dispuesto a apoyarnos. Sin buscar ninguna recompensa a cambio, sino por el hecho a hacer al otro feliz. La recompensa vendrá, con toda seguridad.



domingo, 17 de noviembre de 2013

EDUCACIÓN FORMAL E INFORMAL






     En 1º de Magisterio, en la asignatura de Orientación Educativa, tuve la oportunidad de reflexionar sobre mi propia educación, sobre la educación que he recibido en distintos ámbitos.

     Fue una bonita actividad, ya que no me había parado a pensar previamente, y me di cuenta de que la educación va cuajando en muchas experiencias, directa e indirectamente. Vas participando en diferentes actividades, en lugares muy variados y con personas muy distintas, y cada una de ellas te aporta algo.     Conforme pasa el tiempo la valoras más y vas siendo más consciente de la importancia que tiene en tu crecimiento personal.




LA DOCENCIA: UNA PROFESIÓN FUNDAMENTAL





     Se dice a menudo que la docencia es una labor poco valorada socialmente, pero pienso que esta afirmación merece alguna precisión. Es cierto que su tratamiento en los medios de comunicación no suele ser el más positivo y que se resaltan los aspectos que no funcionan. ¡Pero es que el trabajo diario dentro de la normalidad no es noticia! Por otra parte, si descendemos al ámbito más cercano, padres y madres de los alumnos, sí que dan mucha importancia a la labor que hacen los centros y el profesorado con sus hijos.
   Lo que no cabe ninguna duda es que se trata de una función social de primera magnitud. Ayudar a formarse a los niños y jóvenes, si se hace desde la profesionalidad y con dedicación, es fundamental. Algunas sociedades así lo reconocen, como la finlandesa.
    ¡Qué importante es ayudar y acompañar a los niños a crecer como personas! Enseñar contenidos, ayudar a desarrollar habilidades, acompañar a quien presenta dificultades de aprendizaje, escuchar, en definitiva hacer brotar lo mejor de cada uno. Todos recordamos a profesores que han dejado un muy grato recuerdo en nuestra trayectoria escolar y que, de alguna manera, han contribuido a ser lo que somos.
   No se trata de una labor fácil, puesto que la escuela refleja en gran medida los problemas sociales. La complejidad es cada vez mayor, pero es posible dar una respuesta adecuada si trabajamos con entusiasmo y en equipo.




¿QUÉ ES LA VIDA?


sábado, 16 de noviembre de 2013

EL VALOR DE UNA SONRISA

No es fácil definir qué es la sonrisa. Podríamos decir que es una forma de transmitir el sentimiento de alegría, agradecimiento, satisfacción… sin que medie el habla, tanto en quienes tienen lenguaje oral como en quienes no lo han desarrollado. Sonreímos desde que somos bebés, pero conforme pasa el tiempo  parece que a las personas les cuesta más sonreír. El peso de la rutina diaria, esos conflictos que tanto agobian, la percepción de problemas donde en realidad no existen… Así es, pero a muchas personas les cuesta sonreír y no se dan cuenta de  que una simple sonrisa puede cambiar una situación o una relación con alguien.

No quiere decir que quien sonríe con facilidad tenga menos problemas, que todo le vaya bien, pero seguramente se esfuerza por ver el lado positivo de las cosas y procura aprender de sus propios errores buscando la solución más adecuada.  Esa conocida frase “no necesito que sea fácil, sino que sea posible” nos anima a luchar por lo que uno quiere alcanzar, sin quedarse por el camino. Podemos llegar a tener muchos obstáculos pero, a pesar de ello, cuando se “gana la batalla” una pequeña sonrisa, casi espontáneamente, se dibuja en nuestro rostro.

Sonreír es saludable para uno mismo y para los demás. Al sonreír se transmite cercanía hacia la otra persona, satisfacción por algo, recuerdos difíciles de olvidar… y , sobre todo, “apertura de puertas” a quien nos pueda necesitar. Es como la antesala de la entrega desinteresada a los demás, de la donación.

Hace  aproximadamente un año quise hacer voluntariado con personas con discapacidad. ¡Daba gusto ver a un niño con Síndrome de Down sonreír de felicidad cuando saltaba al agua en la piscina! ¡Y a un niño con autismo, cuando le decías que lo había hecho muy bien! Todas estas personas, a pesar de sus grandes dificultades, siguen sonriendo y, sin pretenderlo, te contagian. Al leer “La alegría muda de Mario” quise conocer a Amaya, la escritora y madre de este niño, y a Mario, el niño. Y tuve la suerte de compartir con ellos un tiempo precioso en otra actividad de voluntariado. ¡Qué tiempo dedican y cuánto han luchado y lucharán tantas familias por ver sonreír a sus hijos!


Merece la pena que día a día logremos levantarnos “cargados” de sonrisas para poder transmitirlas a todos aquellos que se cruzan en nuestro camino, a quienes nos necesitan, a quienes les cuesta sonreír por el peso de sus dificultades. Contribuiremos a que el ambiente en el que nos movamos sea más cercano, más humano, y seguro que todos disfrutaremos con ello.