martes, 19 de noviembre de 2013

LUZ EN LA OSCURIDAD

(con la colaboración de Daniel Campo y Mº del Pilar Yépez)

     Lo recordamos todas las primaveras. Con cada rosa que se abre; con cada girasol que florece; con cada lirio que brota… Cuando pensamos en ambientes de paz o buscamos en Google “imágenes de paz”, nos encontramos con ambientes o paisajes hermosos; porque en sí, el mundo es un lugar precioso. Por desgracia, está lleno de personas que dañan al otro constantemente. ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué se portan así? No lo sabemos.

     Los que hemos vivido en Pamplona, hemos pasado alguna vez por el Monumento de la Paz que se encuentra cerca del centro; concretamente, por la antigua estación de autobuses. Parece extraño que un monumento a la paz se encuentre entre el caos de tantos coches, autobuses urbanos, dos medias orejas, semáforos, muchos pasos peatonales, etc. ¿Puede la paz estar ahí en medio? ¿Puede hablarse de paz entre el caos? ¿Sirve como punto de referencia o recordatorio a todo el que pasa por ahí?

     Muchas veces no nos hemos parado a ver los Premios Nobel de la Paz; son ellos, precisamente, quienes han sembrado paz entre el caos, la desesperación, el desorden, la injusticia. Son quienes han mostrado al mundo entero cuánto importa la confianza en el otro, el orden, la dignidad del ser humano, el denunciar a quien comete el mal. Son como los semáforos o las líneas, que muestran a quien pase por ahí que puede existir un mundo distinto. Se ven pequeños, tal vez insignificantes; pero es ahí, desde el centro de ese caos, donde sueñan, donde miran hacia arriba, hacia aquello que parece inalcanzable.

     Sí, es algo que todos deberíamos hacer cada vez que pasamos por ahí. Mirar al cielo y salir un poco de nuestro abismo para leer los letreros que aparecen en distintos idiomas y que, al fin y al cabo, todos transmiten el mismo mensaje: “Paz”. Se trata de una especie de reclamo, que nos incita a mirar alto, hacia arriba, para poder ayudar a otros a mirar hacia el mismo fin.
    Sin embargo, también podemos encontrar paz en otras cosas; cosas que nosotros podemos realizar mediante las buenas acciones. Es verdad que las buenas acciones no siempre se hacen por razones muy puras. A veces, intentamos impresionar; a veces, actuamos por culpabilidad y otras veces, esperamos algo a cambio. Pero en ocasiones, una buena obra, sale directamente del corazón.

   La gente hace buenas obras por muchas razones, pero a veces, las buenas obras tienen malas consecuencias. Corregir el error de una colega, podría provocar rencor; abrir tu casa a un amigo, puede dañar esa amistad; intentar acercar a tu pareja, podría alejarla aún más. Por eso, hay una vieja expresión al ayudar a los demás: “No hay buena obra, que no tenga su castigo”.

    Sí, hay veces en las que todos necesitamos un poco de ayuda. Cuando nuestra generosidad se ve recompensada con crueldad; cuando nuestra conducta nos llena de remordimientos y cuando nuestro futuro se vuelve terriblemente incierto. Pero luego están aquellos a los que ya nadie puede ayudar, y que, tras de sí, no deja nada más, que destrucción. Sabemos qué aspecto tienen, sabemos cómo se visten y sabemos cómo se comportan. Sí, todos sabemos reconocer a quienes son malas personas; y cuando los vemos venir, hacemos todo lo que haya que hacer para protegernos de ellos. Algunos mienten para no perder lo que aman; otros dan patadas porque temen al futuro; y otros levantan muros por las oportunidades perdidas. Todos tienen razones para hacer las cosas feas que hacen, y sólo cuando averiguamos por qué, entonces podemos intentar detenerles y así tratar de modificar su conducta.

     Sin embargo, ¿qué pasa cuando no reconocemos a aquellas personas que son realmente malas? ¿Por qué hay monstruos en este vida capaces de hacer cosas tan horribles y despreciables como matar a personas inocentes? ¿Cómo pueden existir semejantes monstruos en el mundo? La respuesta es muy sencilla: los monstruos, son creados por otros monstruos.





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