No es fácil definir qué es la sonrisa. Podríamos decir que
es una forma de transmitir el sentimiento de alegría, agradecimiento, satisfacción…
sin que medie el habla, tanto en quienes tienen lenguaje oral como en quienes
no lo han desarrollado. Sonreímos desde que somos bebés, pero conforme pasa el
tiempo parece que a las personas les
cuesta más sonreír. El peso de la rutina diaria, esos conflictos que tanto
agobian, la percepción de problemas donde en realidad no existen… Así es, pero
a muchas personas les cuesta sonreír y no se dan cuenta de que una simple sonrisa puede cambiar una
situación o una relación con alguien.
No quiere decir que quien sonríe con facilidad tenga menos
problemas, que todo le vaya bien, pero seguramente se esfuerza por ver el lado
positivo de las cosas y procura aprender de sus propios errores buscando la solución
más adecuada. Esa conocida frase “no
necesito que sea fácil, sino que sea posible” nos anima a luchar por lo que uno
quiere alcanzar, sin quedarse por el camino. Podemos llegar a tener muchos
obstáculos pero, a pesar de ello, cuando se “gana la batalla” una pequeña
sonrisa, casi espontáneamente, se dibuja en nuestro rostro.
Sonreír es saludable para uno mismo y para los demás. Al
sonreír se transmite cercanía hacia la otra persona, satisfacción por algo,
recuerdos difíciles de olvidar… y , sobre todo, “apertura de puertas” a quien nos
pueda necesitar. Es como la antesala de la entrega desinteresada a los demás,
de la donación.
Hace aproximadamente
un año quise hacer voluntariado con personas con discapacidad. ¡Daba gusto ver
a un niño con Síndrome de Down sonreír de felicidad cuando saltaba al agua en
la piscina! ¡Y a un niño con autismo, cuando le decías que lo había hecho muy
bien! Todas estas personas, a pesar de sus grandes dificultades, siguen
sonriendo y, sin pretenderlo, te contagian. Al leer “La alegría muda de Mario”
quise conocer a Amaya, la escritora y madre de este niño, y a Mario, el niño. Y
tuve la suerte de compartir con ellos un tiempo precioso en otra actividad de
voluntariado. ¡Qué tiempo dedican y cuánto han luchado y lucharán tantas
familias por ver sonreír a sus hijos!
Merece la pena que día a día logremos levantarnos “cargados”
de sonrisas para poder transmitirlas a todos aquellos que se cruzan en nuestro
camino, a quienes nos necesitan, a quienes les cuesta sonreír por el peso de
sus dificultades. Contribuiremos a que el ambiente en el que nos movamos sea
más cercano, más humano, y seguro que todos disfrutaremos con ello.

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